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domingo, 9 de marzo de 2008

LA EUTANASIA

Repasando vuestra historia leo que en la Grecia antigua la eutanasia era plenamente aceptada. Los magistrados disponían de veneno (cicuta) para aquellos que desearan morir, lo único que se necesitaba era un permiso oficial. Quien no deseaba vivir exponía los motivos al Senado y una vez oída y aprobada su petición, podía quitarse la vida. Otro tanto sucedía en algunos países de América del Sur. Se sabe que hasta fines del siglo XIX existía la persona del “despenador” o “despenadora” encargada de hacer morir a los moribundos desahuciados a petición de los parientes.


Durante la Edad Media se produjeron cambios frente la muerte y al acto de morir. La eutanasia, el suicidio y el aborto fueron considerados como pecado, puesto que el mono domestico no puede disponer libremente sobre su vida, ya que afirma que no es suya, al habérsela dado Dios. El fanatismo religioso era tal, que la muerte repentina (mors repentina et improvisa ) se consideraba como una muerte mala (mala mors), ya que impedía despedirse de familiares y amigos y poder morir cristianamente. Se hablaba del “arte de morir” como parte del “arte de vivir”.

A veces habéis confundido los términos (cosa harto frecuente en vuestra especie) y habéis aplicado el concepto de eutanasia separado de su sentido real, por ejemplo, para matar a lisiados y enfermos mentales en tiempos de escasez económica durante la primera guerra mundial. Los nazis hablaban de eutanasia para referirse a la eliminación de los minusválidos y débiles (Aktion T-4). En los Juicios de Nuremberg (1946 – 1947) se juzgó como ilegal e inmoral toda forma de eutanasia activa sin aclaración y consentimiento o en contra de la voluntad de los afectados.

En el siglo XXI vuestra domesticación llega a tal punto, que vuestras reglas sociales (basadas en vuestras estúpidas religiones) os imponen, contra toda lógica, el tener que morir sufriendo en la mayoría de los casos.

La Asociación Médica Mundial considera contrarios a la “ética” tanto el suicidio con ayuda médica como la eutanasia, por lo que deben ser condenados por la profesión médica. Cabe destacar que esta “ética” se basa en el juramento Hipocrático del Siglo V a. c.: "Jamás proporcionaré a persona alguna un remedio mortal, si me lo pidiese, ni haré sugestión alguna en tal sentido; tampoco suministraré a mujer alguna un remedio abortivo. Viviré y ejerceré mi arte en santidad y pureza"

Cuando algún doctor se apiada de los terribles sufrimientos de los terminales, le cae encima todo el peso de la Iglesia Católica y del PP (Partido Puritano), como ocurrió recientemente con el Dr. Montes jefe de Urgencias del Hospital Severo Ochoa en la comunidad de Madrid.
El director de la unidad de Urgencias, Luis Montes, fue destituido de su cargo el 11 de marzo de 2005. Le acusaron de 400 “homicidios” por haber aplicado sedación a los terminales que sufrían terribles dolores. Después de revisar los casos uno a uno el Colegio de Médicos concluyó que no era posible establecer relación directa entre las sedaciones y las muertes de los pacientes. Aún así, el Colegio de Médicos señaló que hubo mala práctica médica en 34 casos.
Posteriormente la Audiencia Provincial de Madrid ratificó, en un auto contra el que no cabe recurso, el sobreseimiento y archivo del caso de las presuntas sedaciones irregulares en el servicio de Urgencias del hospital Severo Ochoa de Leganés y ordenó además que se suprima toda referencia a la supuesta mala práctica de los médicos denunciados, dejando en evidencia a los políticos del PP y al propio Colegio de Médicos. El juez ordenó también limpiar los nombres de los médicos imputados por las sedaciones del Severo Ochoa

En cuanto a la Iglesia Católica cabe destacar que la postura del actual papa Benedicto XVI quedó explícitamente recogida en una carta a varios eclesiásticos norteamericanos de 2004:
“…..si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, éste no sería considerado por esta razón indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia…”
(Tercer punto de la carta de J. Ratzinger, al cardenal Theodore McCarrick, Arzobispo de Washington DC)

Como podéis ver el líder supremo de los católicos llega a justificar en algunos casos las guerras y la pena de muerte pero, en ningún caso, ni el aborto ni la eutanasia.

Os he hecho ver en otras ocasiones lo estúpidos que acostumbran a ser vuestros argumentos religiosos. Parecen escritos expresamente para “putearos”. Aquí tenéis una muestra de tan “sabios consejos”:
“La eutanasia es una grave ofensa a Dios, autor de la vida, en cuanto viola su ley. No es lícito matar a un paciente para no verle sufrir o no hacerle sufrir, aunque aquél lo pida. Ni el paciente, ni los médicos, ni los familiares tienen la facultad de decidir o provocar la muerte de una persona. No tiene derecho a la elección del lugar y del momento de la muerte, porque el hombre no tiene el poder absoluto sobre su persona y su vivir, con mayor razón, sobre su muerte”.

“Etimológicamente, eutanasia, viene del griego y significa principalmente buena muerte, muerte apacible, sin sufrimiento. Según la tradición cristiana, a la buena muerte se llega cuando se prepara espiritualmente al encuentro con Dios. Sólo dentro de la perspectiva cristiana de la redención, el sufrimiento alcanza su valor pleno. El dolor puede ser un instrumento de salvación , cuando es vivido cristianamente e iluminado por la Palabra de Dios”.

“Dios otorga la vida y los sufrimientos, por lo tanto es obligación cristiana el soportarlos”.


“Aún más fundamentalmente, tal parece que hemos olvidado que tenemos un alma inmortal creada a imagen y semejanza de Dios. El alma es lo que nos distingue fundamentalmente del resto del reino animal. Hace medio siglo el Papa Pío XII se preguntaba: "¿No consiste acaso la eutanasia en una falsa compasión que alega evitarle al hombre el sufrimiento purificador y meritorio, no por medio de una ayuda caritativa y loable, sino por medio de la muerte, como si estuviéramos tratando con un animal irracional desprovisto de inmortalidad?" En esta pregunta el Papa estaba resaltando dos grandes propósitos del dolor: la purificación y el mérito.

El segundo gran propósito del sufrimiento humano es ganar mérito. La primerísima afirmación de la Carta Apostólica del Papa Juan Pablo II Salvifici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano resalta la constante enseñanza de la Iglesia sobre esta materia: "Suplo en mi carne -- dice el apóstol San Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento -- lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia."

La Declaración sobre la eutanasia del Vaticano nos enseña: "...según la doctrina cristiana, el dolor, sobre todo el de los últimos momentos de la vida, asume un significado particular en el plan salvífico de Dios; en efecto, es una participación en la Pasión de Cristo y una unión con el sacrificio redentor que Él ha ofrecido en obediencia a la voluntad del Padre. No debe pues maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analgésicos, para aceptar voluntariamente al menos una parte de sus sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cf. Mateo 27:34)."

Un cierto grado de dolor al final de la vida nos permite seguir a Cristo hasta la misma cruz. En cierto modo, sería una inconsistencia el que los cristianos estuviesen dispuestos a sufrir ciertos tipos de indignidad e inconveniencias en nombre de Cristo durante varias décadas de su vida, y luego negarse a participar plenamente en el último y más importante sufrimiento de Nuestro Señor en el momento de su muerte.
Ponemos "a dormir" a los animales porque su sufrimiento no tiene sentido. No pueden enfrentar la muerte con fortaleza y entereza. Por lo tanto, nuestra única respuesta posible a su tribulación es ponerle fin a su sufrimiento lo antes posible.

Lo que los animales necesitan en sus últimos días es que los traten humanitariamente; lo que los seres humanos necesitan en sus últimos días es que lo tratemos humanamente, es decir, como seres humanos dignos de respeto -- ofreciéndoles nuestra compañía, dándoles ánimo para mantener su fortaleza y, cuando el dolor es grave, proveyéndoles lo mejor que la medicina puede ofrecer para aliviar su dolor. Pero no podemos tratar a las personas como a los animales, con la inyección lista para "ponerlos a dormir". No, debemos respetar su dimensión espiritual y el plan de Dios para sus vidas”.

Como según la Iglesia el hombre no es dueño de su cuerpo, tampoco se le permite el suicidio.

Con el inicio del dominio de la religión cristiana en el mundo occidental, el suicidio se condenó sin paliativos; cualquiera que atentara contra su propia vida no recibiría cristiana sepultura. Esta condena también tuvo influencia sobre la legislación civil: No solamente se confiscaban las propiedades y los bienes de la víctima, sino que ésta recibía un entierro ignominioso: se empalaba su cuerpo, para abandonarlo después en la vía pública. No se hacían excepciones, ni siquiera para aquellos que habían soportado largos sufrimientos a causa de enfermedades incurables. Era impensable recibir cualquier tipo de alivio compasivo, aunque el sufrimiento fuera muy intenso.
Hacia el siglo IV San Agustín describió el suicidio —contrario al quinto mandamiento, «No matarás»— como «detestable y abominable perversidad». Asimismo, sostenía que el suicida usurpaba las funciones de la Iglesia y del Estado..

Es indudable que el primordial derecho que puede asistir hoy a todo ser vivo es el de la vida, pero cuando se ve afectado por unas condiciones de salud que exigen el estar conectado a determinados aparatos, como el respirador artificial, etc., cabe preguntarse si se está cuidando la vida o prolongando la agonía que le llevará a la muerte.

La Eutanasia es un derecho del paciente que busca como único fin el librar a una persona de intensos sufrimientos, de una terrible agonía que padece como resultado de una enfermedad grave e incurable. En términos de una teoría Utilitarista de los derechos, la Eutanasia se nos muestra como una opción más práctica que el tener que soportar una existencia marcada por el dolor. Deja de sufrir el paciente y deja de sufrir su familia.

Aunque es evidente que es mucho mejor una muerte digna antes que una vida indigna, la encarnización médica se impone al deseo del paciente, propietario de su vida.
La intromisión médica en su vida pasará por encima de los derechos y de la voluntad del paciente que en multitud de casos quedará reducido a una piltrafa humana conectado a máquinas. El pobre infeliz tendrá que sufrir el agudo dolor físico y la tortura moral de la humillación al sentirse secuestrado en una cama de hospital prisionero de unas absurdas leyes creadas por el hombre.

Y yo os pregunto… ¿Si tenéis el derecho de vivir con dignidad, por qué no se os da el derecho a morir dignamente?

La verdadera pregunta no es si deberíais dejar morir a una persona sino si deberíais permitir que se la mantenga viva con terribles dolores y contra su voluntad. En ambos casos estáis interviniendo en procesos naturales.

Otro principio a considerar es el de no-maleficencia. No deberíais causar daño a aquellas personas que amáis o a quienes os confiaron la tarea de cuidarlos.
No siempre resulta beneficioso para un paciente el mantenerlo vivo a cualquier costo.
Se puede hacer el bien al ayudar a morir a un paciente terminal, evitando prolongar su dolorosa agonía. Es decir: si mantenemos con vida a una persona en contra de su voluntad, no le hacéis el bien sino el mal, infligiéndole un daño innecesario. Eso es inmoral. Aquí nos encontramos a la vez con un principio de beneficencia y no-maleficencia prima facie, que aparece como "decencia moral común".

Aunque algunos de vosotros redactáis “El testamento vital”, sabéis que cuando llegue la hora de la verdad será papel mojado


Sois monos complicados, de mente barroca. Aunque en su conjunto vuestros descubrimientos e inventos a la larga os llevarán a la extinción, debo reconocer, que en algunas cosas nos superáis. Una de ellas es el haber encontrado la manera de propiciar una muerte indolora al que sufre dolores atroces. Vuestras mascotas ya se benefician de ello, pero sois tan, pero tan estúpidos y estáis tan, pero tan domesticados por vuestras leyes, que teniendo el remedio de “la buena muerte” preferís morir sufriendo inmersos en dolores inútiles. ¿Cómo osáis llamaros seres inteligentes?
Creedme, al estudiar vuestro comportamiento, los bonobos no salimos de nuestro asombro.


No quisiera despedirme hoy sin presentaros a un nuevo recién llegado a este mundo tan maltratado por vosotros.

Sin duda, tanto nuestros bebes, como los vuestros, se merecen un mundo mejor.